La situación de los campesinos ucranianos comenzó a ser desoladora
a comienzos de la primavera de 1932. Apenas había alimentos básicos que
llevarse a la boca; a los niños les hinchaba el estómago a causa del hambre y muchas familias
se vieron obligadas a subsistir a base de una dieta de hierba y bellotas. La Unión
Soviética, ese mecanismo infalible, igualitario, que había puesto en marcha los
planes de colectivización agraria, patinaba en sus políticas. Sus camaradas
sucumbían ante la escasez, ¿y qué se hizo desde Moscú? Nada, simplemente tapar
las muertes con silencio.
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Una familia rural ucraniana, muriéndose de hambre durante el periodo conocido como Holodomor. |
Algunos
campesinos, ya sin nada a lo que agarrarse, escribieron al Kremlin en busca de
una solución divina: "Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del
Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? Porque
nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una
rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero (...) ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo
socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el
frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y
morir de inanición?".
Sin
embargo, las respuestas nunca llegarían. El balance final sería escalofriante: entre 1931 y 1934 al menos cinco millones
de soviéticos murieron de hambre. Ese período se ha definido como
Holodomor, un término derivado de las palabras ucranianas hólod (hambre) y mor
(exterminio). Y es que si hubo un lugar en el cual las muertes se registraron
de forma imparable —también dentro de su élite política e intelectual—, ese fue
Ucrania, con más de cuatro millones de víctimas. Estos asesinatos —por dejación
en unos casos, premeditados en otros— no tuvieron nada que envidiarle a las
purgas de Stalin.
Sobre
estos oscuros acontecimientos gira la última obra de la aplaudida escritora
Anne Applebaum, Hambruna Roja (Debate), un relato minucioso, basado en multitud
de testimonios y archivos clasificados, de cómo las políticas articuladas desde
el Kremlin fueron las propias causantes del exterminio humano, por mucho que
quisiese ocultarse. Y de ahí se arrastran conflictos que todavía permanecen en
el presente: "La combinación de estas dos políticas —el Holodomor en el
invierno y la primavera de 1933, y la represión de la clase intelectual y
política ucraniana en los meses posteriores— dio lugar a la sovietización de
Ucrania, la destrucción de su idea
nacional y la castración de cualquier intento ucraniano de desafiar la
unidad soviética", sostiene la Pulitzer en la categoría de no ficción por
Gulag.
Applebaum
ha sido capaz de construir una escalofriante travesía por el sufrimiento al que
hubo de enfrentarse esta gente, sola, desamparada, sin nada que comer y a la
que no se le permitió huir a otras zonas más prósperas. Los testimonios que se
van encadenando en el libro son puro dolor, inhumanidad, que describen
comportamientos impensables para el ser humano, como cuando en las zonas
rurales se generalizó el canibalismo —incluso hay registrados de padres que
devoraban a sus hijos— o la necrofagia, el consumo de cadáveres que habían fallecido
de inanición.
Resulta
escalofriante la historia de una señora de cincuenta años, que habitaba en el
distrito de Bohuslavski, y le cortó el
cuello a un niño de doce años para descuartizarlo. Cuando un vecino la vio
con los órganos y otras partes del cuerpo del joven, se tragó la película de
que procedían de un ternero. Cocinaron para toda la familia, se comieron el
corazón asado y cuando el anciano rebuscó en la bolsa para ver qué cachos más
de carne podían ser desaprovechados, se topó con la realidad.
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Según algunos cálculos, el Holodomor provocó más de cuatro millones de muertes en Ucrania |
El hambre
llegó a un nivel semejante que muchos ucranianos se vieron impulsados a
actitudes salvajes. Esos efectos de la hambruna los describió el escritor
Vasili Grossman en Todo fluye: "Al principio el hambre te echa de casa.
Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el
alma: el hombre huye de casa (...) Luego llega el día en que el hambriento
vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha
vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado.
Una vez el hambre lo ha vencido, el hombre ya no se levantará, no solo porque
ya no tenga fuerzas: le falta interés ya no quiere vivir. Se queda tumbado en
silencio y no quiere que nadie lo toque. El hambriento no quiere comer (...) no
quiere que le molesten: quiere que le dejen en paz".
Mijaíl
Shólojov, otro novelista soviético de renombre, remitió a Stalin varias cartas
en las que describía este fenómeno, visto con sus propios ojos en algunas zonas
rurales del Cáucaso septentrional: "Los kolsojianos y los granjeros
particulares se están muriendo de hambre a partes iguales; los adultos y los
niños están hinchados y comen cosas que ningún ser humano debería comer jamás,
desde carroña hasta la corteza de los robles y todo tipo de raíces
embarradas". En otros escritos posteriores, Shólojov también se quejaba al
líder soviético de las purgas del Partido Comunista entres sus afiliados de
base.
"Usted
solo ve un asunto de la cuestión", le respondió Stalin. "Los
productores de cereal de su región (y no solo de la suya) están llevando a cabo
un sabotaje y dejando al Ejército rojo sin cereal". Esos hombres,
granjeros aparentemente inofensivos, estaban, según su versión, librando
"una guerra silenciosa contra el poder soviético". La única
explicación que dio Stalin, como bien señala Applebaum, fue agarrarse a las teorías
conspirativas: "Los que se estaban muriendo de hambre no eran inocentes,
al contrario, eran traidores, saboteadores, estaban conspirando para debilitar
la revolución proletaria".
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